Eternamente furiosa
Incorporada sobre el microscopio, Jimena notó cierto dolor abdominal que anticipaba lo que se le venía encima, pues por las fechas del mes, ya le tocaba. Echó un vistazo rápido en su bolso para comprobar que iba bien aprovisionada de antiinflamatorios y otros artículos de higiene íntima.
Trabajaba en el turno de noche, pues necesitaba dinero. Había decidido emanciparse y no volver a compartir piso nunca más. Durante muchos años, le pareció ideal, pero ya sentía que tenía una edad como para albergar aspiraciones propias. No es que le cayese mal su compañero de piso, ni mucho menos. Pero ella quería su casita.
Eran muy diferentes, y aunque él era agradable y nunca le daba problemas ni se retrasaba con el pago de su parte, sentía que procedían de mundos distintos. Él era un tío al que la suerte le había sonreído siempre: de buena familia, trabajo conseguido por algún amigo de su papá, coche pijo, y una novia guapísima —que ya la querría Jimena para ella—. No tenía ninguna preocupación por su futuro o la escasez de dinero, pues ya estaban los papás para ayudarle.
Lo único que se les había ocurrido, para espabilar a su hijito, era la promesa de que le comprarían una casa si este era capaz de mantener su trabajo y compartir piso durante tres años, para que así aprendiera de la vida. ¡Y a ella le había tocado hacer de niñera!
—Lo que me faltaba: ¡aguantar a un niño pijo! —refunfuñó entre dientes cuando se comparaba la desahogada vida de su compañero.
A ella le gustaría vivir así, pero Jimena había estudiado mucho y trabajado duro para estar donde estaba y nadie la había ayudado. En ese momento le entró un sofoco acompañado por una ola de mala hostia…
Puso el último tubo con sangre de las analíticas en la centrifugadora y la programó. A esas horas hacían análisis de urgencia para el hospital adyacente.
Un tintineo de cristales en la sala de al lado la sacó de sus pensamientos pero el parpadeo de la luminaria del pasillo no invitaba a investigar el origen del misterioso sonido que había llamado su atención.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Se acercó con la luz de la cámara del móvil encendida y golpeando con fuerza los tacones de sus nuevos zapatos color crema contra el suelo, como si el sonido fuera a espantar todo mal.
Cuando llegó a la puerta vio a un hombre acuclillado, que giró la cabeza en su dirección al oírla llegar, e ignorando su presencia, volvió a la tarea que le ocupaba. Estaba frente al refrigerador donde se guardaban las unidades recibidas de sangre de donantes, seleccionando algunas bolsas y descartando otras.
—¿Qué está usted haciendo? ¿Sabe que no puede estar aquí?
Sin mediar respuesta, el individuo se levantó raudo y se abalanzó sobre ella, aun con la luz del móvil encendida frente al rostro. Y acto seguido, sujetando la cara de Jimena contra el suelo, la mordió en el cuello.
No dolió. No fue breve. No se resistió. El hombre se separó despacio del cuerpo abatido de ella. Se puso en pie y estiró la ropa quitándole las arrugas que se hubieran podido formar. Hecho esto, miró a Jimena, que aterrorizada veía su figura recortada contra la luz titilante del fluorescente. Le pareció que había hecho un leve gesto de cabeza como señal de reconocimiento o de despedida y le vio sonreír. Tras esto, el hombre recogió sus cosas y se fue corriendo llevándose las bolsas de la nevera consigo.
Jimena, tumbada en el suelo, todavía estaba aturdida. ¿Qué demonios había pasado? Recordó entonces las habladurías de compañeros a las que ella nunca dio crédito porque siempre pensó que eran historias de miedo para asustar a los novatos. Vampiros que robaban bolsas de sangre de los hospitales para poder alimentarse sin tener que matar a personas. Pero después de lo acontecido se preguntaba si aquellos relatos eran reales. ¿Sería eso lo que había pasado? Aún yacía recostada, tomando consciencia de que seguía respirando. El profundo sentimiento de miedo que acababa de experimentar se iba disipando al comprobar que continuaba con vida. Aunque seguía profundamente asustada, no se encontraba mal, pero valoró que sus piernas no le permitirían ponerse en pie todavía, por lo que decidió seguir en el suelo recostada sobre su bata de laboratorio. Pensó que aquella criatura le debía haber extraído solo la sangre necesaria para alimentarse nada más, y que esa era la razón por la que seguía viva.
Cuando reunió fuerzas para levantarse, sin dar pábulo a esos rumores, se dispuso a comportarse como una científica y comenzó por analizar qué daños había sufrido. Tomó el móvil con la finalidad de hacerse una foto del mordisco para ver la gravedad de la herida, y entonces se dio cuenta de que antes del ataque no solo encendió la linterna del móvil sino que lo había grabado todo. Vio la secuencia de imágenes y cómo aquel hombre se abalanzaba sobre ella. Sin duda, este tenía dos caninos muy pronunciados que eran los responsables de los agujeros que ahora adornaban su cuello y de los que todavía brotaba un hilillo de sangre.
Con dos hisopos tomó una muestra del exterior de la herida. Uno de ellos lo puso sobre la placa que tenía en el microscopio, y miró. En efecto, debía contener algún tipo de anticoagulante. Ese vampiro la podría haber desangrado entera sin dejar gota en sus venas. Teorizó que los chupasangres segregaban alguna sustancia para favorecer la hemorragia y así poder extraer la mayor cantidad de sangre a la víctima.
También detectó cierta respuesta inmune —debía ser a alguna proteína o al propio anticoagulante— que le había inyectado el vampiro. Sospechaba que dependiendo de la cantidad podría ser mortal.
¿Y ahora, qué? ¿Denunciaba? ¿Alguien le haría caso? Sintió que una ola de agresividad se volvía a apoderar de ella y una punzada de dolor le recordó que era una mujer en edad reproductiva y que debería ir pensando en acercarse al cuarto de baño a usar el tampón extra-absorbente y un salvaslip de su bolso.
Cuando se encontró en el servicio, su propia sangre le excitó y le despertó un apetito que no había sentido antes. Fue entonces cuando intuyó que la transformación estaba comenzando. No había remedio y se iba a convertir, quisiera o no.
Tras salir del aseo y situada frente al espejo, mientras se lavaba las manos, le asaltaron muchas dudas. Apenas sabía nada de vampiros, salvo lo que aparecía en las novelas y en las películas, pero toda aquella información ¿sería cierta? Jimena no tenía respuestas pero estaba prácticamente segura de que se iba a convertir en uno de ellos. Las cuestiones que atribulaban su mente eran: ¿Por qué me dejó con vida? ¿Será esta la última vez que me vea ante un espejo? ¿Envejeceré o me quedaré así para siempre?
Observando su reflejo salió su lado pragmático que asumió de inmediato su nueva condición de animal nocturno y pensó que sería buena idea solicitar el traslado definitivo al turno de noche para así descansar de día.
Sabiéndose una mujer atractiva, contempló su vestimenta que en aquel momento le pareció insulsa y decidió que debía sacarse más partido. De repente, esos tacones crema de diez centímetros, que tan femeninos le habían parecido por la mañana, le resultaron sosos y pensó que palidecerían frente a sus botas altas negras de vinilo, las que solo se atrevía a ponerse en los conciertos.
Echando una última mirada al espejo, se sonrió, y valoró que su compañero de piso, al fin y al cabo, no era tan afortunado, ya que no tendría tanta suerte como había pensado minutos atrás, pues esa misma noche le iba a servir de cena. No tenía intención de dejar que viviera. ¡Pobrecito! Y no le quedaría más remedio que consolar a la pobre novia cuando se enterara de su pérdida.
Relamiéndose con la idea, se alejó contoneándose y haciendo sonar sus tacones sobre el pulido pasillo de los sótanos del hospital. Se dirigió a su casa antes de que saliera el sol. ¿Para qué cambiar de apartamento? Solo sobraba un inquilino.
Estaba naciendo una nueva Jimena, una que no envejecería ni un día, ni alteraría su situación hormonal. Iba a ser la única vampiresa con anemia. «¡Hay que fastidiarse!», pensó irritada.
Siempre de mala hostia.
Siempre menstruando.
¡Vaya eternidad de mierda!


